Oficio de ver | DIARIO SUR 8 febrero 1990
Lo que más nos gusta a los españoles es mirar, aunque entre nosotros no nos andemos con demasiados miramientos. 50.000 millones de pesetas nos hemos gastado, unos con otros, en material de vídeo durante el año que en paz descansa. Una verdadera obsesión por llegar a casa, no soltar prenda, sentarse en primera fila del sofá y ver un filme en lata. Uno y otro y, si hay tiempo, otro más. Allá películas. El español medio es un espectador nato, un topo que no quiere reflexionar sobre su vida, sino penetrar en otras vidas y prefiere la diversión a la introspección. Que le dejen de historias y que le cuenten una, o dos, o tres, cada tarde, mientras llega la hora de irse a la cama.
A excepción de los Estados Unidos, de Japón y de Gran Bretaña, somos los mayores consumidores de material de vídeo del ancho mundo. Quiere decirse que, excluido, el imperio, el imperio industrial y el ex imperio, somos los plusmarquistas en la olimpiada de ver. Un país de mirones.- «Ojos que no ven lo que ver desean, ¿qué verán que vean?», se pregunta el Cancionero. Pues bien, la cosa está clara: van a ver una película o varias. Hemos descubierto el cine liliput en casa y cada uno llevamos dentro nuestro acomodador. 2.000.000 de ejemplares de videocasetes con películas circularon el año pasado, lo que supone una gran cantidad de tiros, una gran cantidad de besos, una gran cantidad de aventuras y desventuras ajenas.
Temen las empresas que descienda el número de ventas, como consecuencia de las ofertas de programación de las nuevas televisiones, pero su miedo es infundado. Hay muchos españoles que para enterarse de una película tienen que verla tres veces y otros que para contarla necesitan un tiempo equivalente al de su proyección. Esos seguirán comprando y alquilando vídeos, piratas o no, y arrellanándose en el maltrecho sofá, a ver qué pasa allí enfrente. Él caso es permanecer atentos a la pantalla. Vivir para ver.
Manuel Alcántara